Observose en esta Sierva de Dios una rara mortificación en la vista, apartando los ojos aun de lo muy lícito, sin levantarlos del suelo, donde se miraba, contemplando en el polvo las humanas miserias. Su silencio fue admirable: era muy sensible cualquiera conversación; y excusaba las que no eran muy forzosas. Especialmente aborrecía el comercio con Seglares, y para evitar aun lo preciso, arbitró el medio de que otra Religiosa, que le era muy parecida en la voz, bajase al Torno, cuando no se podía excusar el hablar con algún extraño.

PLAZA DEL TORNO (DISTRIBUIDOR)

 

Celaba mucho el silencio en sus Súbditas, cerrando las puertas a las noticias del Mundo, para que no se turbasen las quietudes del Claustro. Correspondientes a su mortificación fueron los esmeros de su pobreza, esta se manifestaba en las alhajillas de su vio, que solo eran las inexcusables, y las más desechadas. Nunca vistió ropa nueva y cuando le hacían algún Hábito, lo daba a otra Religiosa, para que lo usase, hasta que con el tiempo estuviese desmejorado; y para disimular este ingenio de su pobreza, decía que sus fuerzas no alcanzaban a sufrir lo pesado del sayal nuevo. Sus sandalias, por derrotadas, casi no lo parecía; pues más servían a los pies de mortificación que de defensa; y muy de ordinario llevaba totalmente los pies desnudos, aun en los mayores hielos del invierno. Los velos eran taraceados de remiendos, resplandecido en todo con la pobreza la humildad, ansiosa siempre de verse, abatida, y mortificada. Era tan su humanidad, solo se hallaba gozosa en los oficios serviles, especialmente en la cocina, donde con el abatimiento lograba el mayor trabajo. No habia modo de sacarla de este humilde empleo; porque siempre hallaba motivo su humildad para semejante ejercicio.

 

En una ocasión, en que estaba muy gravada de una apostema, que se le había congelado en la boca, instaron las Religiosas a la Abadesa, que la exonerase de aquel ministerio, resuelta la Prelada a ejecutarlo, bajo a la cocina, para mandarle lo suspendiese. La Sierva de Dios arrodillada, le pidió no la privase de aquel empleo, en que su mortificación estaba tan gustosa, como bien hallada su humildad, y fueron sus ruegos tan eficaces, que hubo de condescencer la Abadesa con sus rendidos afectos.

 

Era muy frecuente ponerse tendida en los sitios públicos, como eran las puertas del Coro, y oficinas, por donde era inexcusable, que pasasen las Religiosas, para que todas la pisasen; y siendo la Prelada, las obligaba a que le pusiesen los pies sobre la boca, especialmente cuando salía de Confesar, y cuando había hecho Capitulo. En muchos lances de sentimiento, que se le ofrecieron, se mantuvo con tal quietud, y serenidad, como si fuera un insensible mármol, negada aun a los forzosos movimientos de la naturaleza. Solo se quejaba de sí misma; porque ponderando sus defectos, nunca le parecía se ajustaba a las obligaciones de su estado, y Profesión.

 

 

Tuvo grande tormento en las políticas del Mundo, que han pretendido introducirse en perjuicio de las llanezas del Claustro. Nunca permitió, que persona alguna la tratase con diverso estilo, que a las demás Religiosas, haciendo más estimación de su estado, que lo esclarecido de su origen. Visitola una vez el Marqués de la Algaba, y como tan cortesano, le daba el título de Señoría; Ofendióle la Sierva de Dios de oír semejantes voces, y le pidió con rendimiento las excusase, tratándola como a Religiosa. No se dio por vencido el Marqués, blasonando de atento, y político; más la Venerable M. Insistía en su empeño, y viendo que no aprovechaban las humildes suplicas, se acogió al silencio, y solo con callar, le respondía, que eran impertinentes sus instancias, medio poderoso, con que obligó al Marqués, a que se despidiese, y no la molestase con su porfiada urbanidad. No puede negarse ser invención diabólica, haberse introducido en los Claustros de Religiosas esta perniciosa política, dejándose tratar como Señoras, las que dejaron de serlo, por ser Religiosas; y después dejan de ser Religiosas; por parecer Señoras. Juzgan, que admitiendo este obsequio, solo de los extraños, no se perjudica la Regular modestia; pero se engaña, pues por este medio es más público el desorden, y sabe el Mundo, que las Religiosas hacen más aprecio de las vanidades del siglo, que de las humildades de la Religión. Esta peste solo ha prendido en los Claustros de las Religiosas, porque las mujeres son más fáciles en dejarse halagar del falso sonido de cortesanas voces; y como la Venerable madre, siendo mujer en el sexo, en su porte se manifestó barón robustísimo, no pudo dejarle arrastrar de los encantos de la vanidad y lisonja.

 

TORNO

Su piedad con los próximos fue admirable; solo sentía el no tener, cuando conocía, que la pobreza le retardaba el dar. El tiempo que fue Prelada, dio orden en el Torno, para que a ningún pobre, que llegase, lo despidiesen sin darle limosna. Informabase de otras necesidades, y las socorría con abundancia, y silencio. Para estas obras de piedad se valía de la de sus Padres, y hermanos, que le alargaban gruesas cantidades, para que por su mano se distribuyeren entre los pobres; y su hermana la marquesa de Camarasa le tenía consignados cien ducados en cada un año, para estos caritativos empleos. Aún le parecían limitadas estas expensas, y atropellando los rubores de la mendicidad, se valió de su fuero, para acaudalarles dotes a cuatro doncellas nobles, y pobres, que afectadas al estado Religioso, se hallaban destituidas de medios para conseguirlo.

 

Lograronlo en la piedad de esta generosa virgen, que esforzaba sus alientos, para aumentarle al Esposo Divino el número de sus Esposas. También le solicitó dote de trescientos ducados a una doncella honrada, para que lograse el estado del matrimonio, y finalmente, no descansaba su desvelo, aplicada siempre al beneficio de los próximos.

Siendo la Venerable Madre tan afecta a exteriores mortificaciones, concurrió también el Señor, flanqueándole interiores trabajos de sequedades, y desolaciones, en que lograba a toda satisfacción el padecer con mayores mejoras de su humildad, considerando no merecía las Celestiales dulzuras. No por estas gravísimas penalidades desamparaba el campo, sino que más constante cuanto más atribulada, se mantenía en Oración continua, oficina, donde labraba la corona de sus virtudes.

No siempre experimentó en la Oración asperezas, y obscuridades; y en algunas ocasiones, manifestando el Divino Sol sus luces, se comunicaban a su espíritu. Una vez en visión imaginaria se le representó JESUS Niño en el Pesebre, y la Reina del Cielo, que asistía al recién nacido Infante. Era este misterio el que arrastraba los afectos de su devoción, y no pudiendo represarse en su pecho, ni bastando las expresiones de la lengua para explicarlos, hubo de reducirlos a la pluma, y valiendose del génio poético, escribió en varios asuntos místicos, y en todos resplandecen las luces de su ardiente amor, y lo Celestial de su doctrina.